La calle estaba empapada y no quería dejar de estarlo. Además, hacía mucho viento, no me gusta el viento. No, cuando me impide salir.
Aproveché pues las vacaciones y me puse a leer con tranquilidad. Me senté sobre la cama y abrí la ventana para escuchar la lluvia.
Platero y yo, Juan Ramón Jiménez.
La mitad de la tarde se consumió como un cigarro olvidado en un cenicero.
Sin embargo, llegó un punto en que tenía tantas palabras acumuladas dentro, que tuve que dejar de leer y me puse a escribir.
El primer texto fue el siguiente:
Me gusta oler los libros.
Sus hojas huelen a hierba recién cortada,
a miel, a versos.
Abro delicadamente sus entrañas
y acerco la nariz.
Me gusta como huelen a fantasía,
a verdad, al humo de tus sueños locos
y al rumor del riachuelo que sólo
con tus besos se para.
Me gusta oler los libros.
Huelen a todo y nunca huelen a nada,
porque hasta la lámina más blanca
despide ese olor tan peculiar…
Ese que dice: “mánchame”.
Me gusta oler los libros,
Y me gusta como huelen.
Después de esto, intenté retomar la lectura pero me fue imposible, se ve que aún quedaban más cosas que decir. Volví a desvanecerme sobre el papel:
Tienes la mirada cálida,
y tus manos, aunque a veces frías,
siempre encienden mi imaginación.
Tienes la piel suave,
como suave tienes la sonrisa,
esa que, sólo yo, veo cuando me miras.
Tienes el movimiento abocetado,
como bocetos hace el artista,
ese que teme perder la inspiración.
Tienes un aroma tuyo,
como tuyos son estos versos,
como míos los encuentros
entre la locura y la satisfacción.
***
Me gustas con el pelo alborotado
cual colina al viento mece sus flores.
Me gustas cuando me sorprendes
y me abrazas por la espalda,
siempre antes tu aroma que tu.
Me gustas cuando me miras
sin pensar en si me doy cuenta
y cuando rozas mis puntos débiles
para verme la cara colorá.
Me gustas cuando te vas,
me gustas cuando vuelves,
me gustas al desnudo
y me gustas cuando duermes.
Quise volver de nuevo con Juan Ramón Jiménez pero aún quedaba algo por decir:
Eres raro.
Eres perezoso.
Eres interesado.
Eres impertinente.
Pero hay un segundo,
en medio de esa odisea,
en que el mundo se para
y deja que te vea, sin lastre,
sin peros, sin quejas, sin sueño…
Y entonces, sigues siendo raro,
pero quizás un invento mío,
me pareces atractivo, interesante
como una ventana medio abierta.
¿Qué ocultará la otra mitad?
¿Qué habrá allí detrás?
La mayoría de las veces, lo raro me sale caro.
Y si es por acabar, acabo dándome castañazos
contra el mismo estúpido muro. Qué insensatez.
Pero así llevo el camino,
metiendo las narices
en cada hueco que encuentro.
Como no puedo matar mi curiosidad…
que la curiosidad mate al gato.
Miau.
Aproveché pues las vacaciones y me puse a leer con tranquilidad. Me senté sobre la cama y abrí la ventana para escuchar la lluvia.
Platero y yo, Juan Ramón Jiménez.
La mitad de la tarde se consumió como un cigarro olvidado en un cenicero.
Sin embargo, llegó un punto en que tenía tantas palabras acumuladas dentro, que tuve que dejar de leer y me puse a escribir.
El primer texto fue el siguiente:
Me gusta oler los libros.
Sus hojas huelen a hierba recién cortada,
a miel, a versos.
Abro delicadamente sus entrañas
y acerco la nariz.
Me gusta como huelen a fantasía,
a verdad, al humo de tus sueños locos
y al rumor del riachuelo que sólo
con tus besos se para.
Me gusta oler los libros.
Huelen a todo y nunca huelen a nada,
porque hasta la lámina más blanca
despide ese olor tan peculiar…
Ese que dice: “mánchame”.
Me gusta oler los libros,
Y me gusta como huelen.
Después de esto, intenté retomar la lectura pero me fue imposible, se ve que aún quedaban más cosas que decir. Volví a desvanecerme sobre el papel:
Tienes la mirada cálida,
y tus manos, aunque a veces frías,
siempre encienden mi imaginación.
Tienes la piel suave,
como suave tienes la sonrisa,
esa que, sólo yo, veo cuando me miras.
Tienes el movimiento abocetado,
como bocetos hace el artista,
ese que teme perder la inspiración.
Tienes un aroma tuyo,
como tuyos son estos versos,
como míos los encuentros
entre la locura y la satisfacción.
***
Me gustas con el pelo alborotado
cual colina al viento mece sus flores.
Me gustas cuando me sorprendes
y me abrazas por la espalda,
siempre antes tu aroma que tu.
Me gustas cuando me miras
sin pensar en si me doy cuenta
y cuando rozas mis puntos débiles
para verme la cara colorá.
Me gustas cuando te vas,
me gustas cuando vuelves,
me gustas al desnudo
y me gustas cuando duermes.
Quise volver de nuevo con Juan Ramón Jiménez pero aún quedaba algo por decir:
Eres raro.
Eres perezoso.
Eres interesado.
Eres impertinente.
Pero hay un segundo,
en medio de esa odisea,
en que el mundo se para
y deja que te vea, sin lastre,
sin peros, sin quejas, sin sueño…
Y entonces, sigues siendo raro,
pero quizás un invento mío,
me pareces atractivo, interesante
como una ventana medio abierta.
¿Qué ocultará la otra mitad?
¿Qué habrá allí detrás?
La mayoría de las veces, lo raro me sale caro.
Y si es por acabar, acabo dándome castañazos
contra el mismo estúpido muro. Qué insensatez.
Pero así llevo el camino,
metiendo las narices
en cada hueco que encuentro.
Como no puedo matar mi curiosidad…
que la curiosidad mate al gato.
Miau.


Cuando hay algo que te hace único e irrepetible. 









